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¿HASTA CUANDO?

Ésta es la pregunta que me viene a la mente una y otra vez, al leer en los periódicos o al escuchar en la radio las últimas noticias… No contentos con haber devastado el comercio nocturno (al menos, el legal) con la implementación del mal llamado “edicto”(ordenanza municipal que ‘regula’ el horario de apertura y cierre de los locales nocturnos; bares, restaurantes, etc. en el ámbito de Asunción), han vuelto a la carga, esta vez para atacar otro problema perfectamente justificable y loable. Para “salvaguardar la inocencia de los niños”, se ha de implementar en todos los cibers o puntos de acceso a Internet, filtros para evitar que los chicos (y de paso los adultos) accedan a materiales pornográficos (y ya que estamos, cualquier otro de información ‘inconveniente’ –el punto sobre quién decide qué es conveniente y qué es inconveniente ya es harina de otro costal).

Sin llegar a cuestionar en profundidad la efectividad de dicho mecanismo (ya que es imposible filtrar bsolutamente todo lo que hay en Internet) o los problemas (sobre todo en cuanto a la disminución de la velocidad de acceso y la imposibilidad de acceder a información perfectamente inocua debido a una desgraciada combinación de palabras en la página o correo electrónico al que deseamos acceder) que genera la implementación de estos filtros, me vienen a la mente los siguientes cuestionamientos.

Comprendo que uno tiende a reproducir –conciente o inconcientemente- los esquemas con los que uno ha crecido y ha aprendido (en el caso de los ideólogos y partidarios de estas prácticas, obviamente en la época de Stroessner) pero, ¿Cuándo abandonaremos definitivamente las prácticas de la dictadura (la censura, la prohibición, la represión y persecución entre otras) a las que estamos tan acostumbrados, y comenzaremos a utilizar las herramientas que la democracia nos propone y que representan la verdadera solución de esos problemas a largo plazo? Me refiero específicamente a la educación, una educación participativa, una educación en valores, una educación que provenga de la familia en lugar del gobierno de turno, una educación coherente; en donde la práctica sea igual al discurso. Una educación, en definitiva, que fortalezca a la democracia, en lugar de debilitarla, como sería el resultado de estas prácticas en el largo plazo. ¿Hasta cuándo los padres delegarán alegremente la responsabilidad de criar a sus hijos en manos del gobierno? ¿Tiene el gobierno el derecho a decidir qué sus hijos deben saber, lo que deben pensar, cómo deben actuar? Me dicen que no es una cuestión de este gobierno, que es un problema del sistema. Sea el sistema imperante o el gobierno de turno, lo importante es que el resultado es el mismo y durará lo que dejemos que dure. Mi miedo es que nos demos cuenta demasiado tarde.

Una última reflexión me merece lo que considero como el extremo del atropello a las libertades civiles: la instalación de cámaras de vigilancia en diversos lugares de nuestra capital ante la creciente ola delictiva que viene azotando a nuestro país de un tiempo a esta parte. Me viene a la mente lo que decía el filósofo francés Michel Foucault en 1976, en una conferencia en la facultad de filosofía de la Universidad del Brasil, llamada Las Redes del Poder; “la delincuencia tiene una cierta utilidad económico-política… cuanto más delincuentes existan más crímenes existirán, cuanto más crímenes haya más miedo tendrá la población y cuanto más miedo haya en la población más aceptable y deseable se vuelve el sistema de control policial”,

¿le da algo en que pensar?

Espero que si.

Gary
gary@paragay.org

 

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