 
EL CAPITALISMO
Y LA IDENTIDAD GAY (Parte 1)
Jhon D ’Emilio
(Traducción de César Ayala de “Capitalism and gay identity”, en Powers of Desire, Ann Snitow y otras [comp.], Nueva York: Monthly Review, 1983)
Los 70’s fueron años de logros significativos para los hombres gays y las lesbianas. La liberación gay y liberación femenina cambiaron el panorama de la nación.
Cientos de miles de mujeres y hombres gays se destaparon y afirmaron abiertamente el homoerotismo.
Ganamos la revocación de las leyes de sodomía en la mitad de los estados, una eliminación parcial de las exclusiones al empleo de las lesbianas y los gays en el empleo federal, protecciones de derechos civiles en una cuantas docenas de ciudades, la inclusión de los derechos gay en la plataforma del Partido Demócrata, y la eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades de la profesión psiquiátrica. La subcultura gay masculina se expandió y se tornó cada vez más visible en las grandes ciudades, y las lesbianas iniciaron la construcción de instituciones culturales alternativas que intentaban encarar una visión liberadora del futuro.
En los 80’s, sin embargo con el resurgimiento de una derecha activa, los hombres y mujeres gay se enfrentan al futuro con desaliento. Nuestras victorias parecen tenues y frágiles; la libertad relativa de los pasados años parece demasiado reciente para ser permanente. En algunos lugares de la comunidad lesbiana y la gay masculina, crece el sentido de desamparo. Afloran cada vez más frecuentemente las analogías con los EE UU de Mc Carthy, en que los “pervertidos sexuales” eran el blanco especial de la derecha, con la Alemania nazi, en la cual los gays fueron enviados a los campos de concentración. Por todas partes hay la sensación de que hace falta nuevas estrategias si queremos preservar nuestras conquistas y avanzar.
Creo que parte de esa empresa es elaborar una teoría más acertada de la historia gay. Cuando surgió el movimiento de liberación gay a finales de los años 60, los gays y lesbianas no teníamos una historia que pudiéramos utilizar para elaborar nuestras estrategias. En los siguientes años, al construir un movimiento sin conocimiento de nuestra propia historia nos inventamos en su lugar una mitología. Esta historia mítica se basaba en nuestra experiencia personal, la cual proyectábamos hacia atrás en el tiempo. Por ejemplo, la mayoría de las lesbianas y gays en los años 60 descubrieron sus deseos homosexuales aisladamente, sin conciencia de los otros, y sin recursos para nombrar o comprender lo que sentían. De esta experiencia construimos un mito del silencio, de la invisibilidad, y del aislamiento como la característica esencial de la vida gay en el pasado así como el presente. Es más, como nos enfrentábamos a tantas leyes opresivas, políticas públicas, y creencias culturales, proyectamos todo eso hacia una imagen de un pasado abismal: hasta la liberación gay, las lesbianas y los gays siempre habían sido víctimas de una opresión sistemática, no diferenciada, y terrible.
Estos mitos han limitado nuestras perspectivas políticas. Han contribuido, por ejemplo a confiar demasiado en una estrategia de destape – si todo hombre gay y mujer lesbiana se destapara, la opresión de los gays se acabaría – y nos han permitido ignorar las formas institucionalizadas en que se reproducen el sexismo y la homofobia. Han alentado, a veces, una desesperanza incapacitante, especialmente en momentos como el presente: ¿Cómo podemos disolver una opresión gay tan duradera e incambiable?.
Hay otro mito histórico que goza de aceptación casi universal en el movimiento gay: el mito del “homosexual eterno”. El argumento es mas o menos así: estamos en todas partes, no solamente ahora sino a través de la historia, en todas las sociedades, en todos los periodos. Este mito cumplió una función positiva en los primeros años de la liberación gay. A principios de los 70’s cuando combatíamos una ideología que negaba nuestra existencia o nos definía como individuos psicópatas o abortos de la naturaleza, decir que “estábamos en todas partes” nos facultaba para luchar. Pero en años recientes nos ha confinado tanto como las teorías médicas más homofóbicas, y nos ha inmovilizado en nuestro sitio.
Yo quiero retar ese mito aquí. Quiero argumentar que los hombres gays y las lesbianas no han existido siempre, han llegado a existir en una época histórica específica. Su surgimiento está asociado con las relaciones del capitalismo: ha sido el desarrollo histórico del capitalismo – más específicamente, su sistema de trabajo libre – el que permitido que grandes números de mujeres y hombres a finales del siglo veinte se autoproclamen gay, que se perciban como una parte de una comunidad de hombres y mujeres similares, y que se organicen políticamente sobre la base de esa identidad.
Finalmente quiero sugerir algunas lecciones politicas que podemos extraer de esta visión de la historia.
¿Cuál es entonces la relación entre el sistema de trabajo libre del capitalismo y la homosexualidad? Primero, déjenme pasar revista a algunas características del capitalismo. Bajo el capitalismo, los trabajadores son “libres” en dos sentidos. Tenemos la libertad de buscar un empleo. Somos dueños de nuestra capacidad de trabajar y tenemos la libertad de vender nuestra fuerza de trabajo por un salario a cualquiera que esté dispuesto a comprarla. También estamos “liberados” de toda propiedad excepto nuestra fuerza de trabajo. La mayoría de nosotros no somos dueños de la tierra o de las herramientas que producen lo que necesitamos, pero sí tenemos que trabajar para sobrevivir. Así que, si somos libres para vender nuestra fuerza de trabajo en el sentido positivo, también estamos liberados, en el sentido negativo, de cualquier otra alternativa. Esta dialéctica – el juego constante entre la explotación y alguna medida de autonomía – permea toda la historia de los que han vivido bajo el capitalismo.
A medida que el capital – dinero usado para generar más dinero – se expande, también lo hace el sistema de trabajo libre. El capital se expande de varias formas. Por lo general se expande en el mismo lugar, transformando firmas pequeñas en otras más grandes, pero también se expande apoderándose de nuevas áreas de producción: el tejido de la tela, por ejemplo, u hornear el pan. Finalmente, el capital se expande geográficamente. En los Estados Unidos, el capitalismo asentó su raíz en el Noreste, en un momento en quela esclavitud era el sistema dominante en el Sur y en que las sociedades indoamericanas no-capitalistas ocupaban la mitad occidental del continente. Durante el siglo diecinueve, el capital se esparció del Atlántico al Pacífico, y en el siglo veinte, el capital estadounidense ha penetrado casi todos los rincones del planeta.
La expansión del capital y la difusión del trabajo asalariado han producido una enorme transformación en la estructura y funciones de la familia nuclear, la ideología de la vida familiar, y el significado de las relaciones heterosexuales. Son estos cambios en la familia los que están más directamente relacionados con el surgimiento de una vida colectiva gay.
Los colonos blancos en Nueva Inglaterra en el siglo 17, establecieron aldeas estructuradas en torno a una economía basada en unidades domésticas, compuestas de unidades familiares que eran fundamentalmente autosuficientes, independientes y patriarcales. Los hombres, mujeres y niños cultivaban la tierra, que era propiedad del jefe de familia. A pesar de que existía una división del trabajo entre hombres y mujeres, la familia era una unidad de producción interdependiente: la supervivencia de cada integrante dependía de la cooperación de todos. El hogar era el lugar de trabajo donde las mujeres procesaban productos crudos de la finca en alimentos para el consumo diario, donde hacían la ropa, el jabón, las velas y donde los esposos y niños trabajaban juntos para producir los bienes que consumían. Ya en el siglo 19 es sistema de producción doméstica estaba en declive. En el noreste, a medida que los capitalistas comerciales invertían el dinero que acumulaban en el comercio de la producción de bienes, el trabajo asalariado fue cada vez más común. Los hombres y mujeres salieron de las unidades mayormente autosuficientes de la era colonial hacia el sistema capitalista de trabajo libre. Para las mujeres en el siglo 19, el trabajo asalariado rara vez se extendía más allá del matrimonio: para los hombres, se convirtió en una condición permanente.
La familia por lo tanto dejó de ser una unidad autosuficiente. Pero a pesar de que no era independiente, la familia seguía siendo interdependiente. Debido a que el capitalismo no se había expandido muy lejos, a que todavía no se había apropiado de de la producción de bienes de consumo – no la habían socializado – las mujeres todavía llevaban a cabo trabajo, socialmente necesario para el hogar. Muchas familias ya no producían grano, pero las esposas horneaban el pan del trigo comprado con los salarios de los esposos. Cuando compraban hilo o tela, todavía fabricaban la ropa para la familia. Para mediados de los 1800’s, el capitalismo había destruido la autosuficiencia económica de muchas familias, pero no la dependencia mutua de sus miembros.
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