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Apoyo creciente y
peligros en el camino..

La acogida del feminismo por parte de los hombres no es, sorprendentemente, algo nuevo. Tal como argumenta Michael Kimmel en su reveladora introducción a Against the Tide: Pro_Feminist Men in the United States, 1776-1990. A Documentary History, los hombres partidarios del feminismo han representado una corriente minoritaria pero constante en el escenario sociopolítico de Estados Unidos durante dos siglos.

Lo que diferencia a la situación actual es que el apoyo masculino a este movimiento (o por lo menos la aceptación de ciertas críticas y de la acción política feministas) está alcanzando grandes dimensiones.

Algunas ideas descartadas casi unánimemente por los hombres (y, de hecho, por muchas mujeres) hace tan sólo 25 años, tienen hoy una amplia legitimidad.

Cuando yo dirijo talleres en escuelas de enseñanza media, planteles de educación superior y lugares de trabajo, los hombres –aun aquellos que se manifiestan molestos por el cambio en las relaciones de género o porque se sienten despreciados o rebajados– entregan una lista de las formas de poder y privilegios con los cuales ellos todavía están de acuerdo y que las mujeres ya rechazan, sugiriendo sin presiones que ellas tienen razón en preocuparse de tales deigualdades. Por supuesto que todavía hay individuos que mantienen una posición fuertemente pro_patriarcal y la mayor parte de las entidades siguen siendo dominadas por los hombres. Pero los cambios se ven.

Los programas de acción afirmativa tienen una gran difusión, y muchas instituciones sociales controladas por los hombres – en la educación, las artes, las profesiones, la política y la religión – están sufriendo un proceso de integración sexual, aun cuando esto generalmente requiere no sólo presión constante sino que las mujeres se adapten a culturas masculinas del trabajo. En varios países el porcentaje de los hombres que están a favor del derecho al aborto es igual o mayor que el número de mujeres que lo apoyan. Gobiernos dominados por hombres han aceptado la necesidad de adoptar leyes que han sido parte de la agenda feminista. (Por ejemplo en el Canadá, en 1992, el Gobierno del Partido Conservador reformuló por completo la ley sobre violaciones, después de un proceso de consulta popular con grupos de mujeres. La nueva ley reglamentó que toda relación sexual tiene que ser explícitamente consensual, es decir, que no significa no, y que se requiere un , formulado y dado clara y libremente, para que constituya un . De nuevo, pensando en el Canadá, está el ejemplo de la manera como las organizaciones feministas insistieron en tener presencia –y fueron aceptadas como partícipes principales – en la mesa de negociaciones durante la ronda de discusiones sobre la nueva Constitución en 1991 y 1992.)


Todos estos cambios fueron el resultado del arduo trabajo y del impacto del movimiento de mujeres; este impacto sobre instituciones controladas por los hombres demuestra la creciente aceptación por parte de ellos, de por lo menos algunos de los términos del feminismo, no importa si tal aceptación es o no reconocida.

Para los hombres y las mujeres interesados en el cambio social y en acelerar el tipo de cambio descrito anteriormente, subsisten algunos problemas serios:mientras existe una creciente simpatía masculina por la causa de la igualdad de derechos para las mujeres, y en tanto que algunas instituciones han sido obligadas a adoptar medidas que promueven esta igualdad,

...persiste una brecha entre las ideas aceptadas por los hombres y su comportamiento. Y mientras muchos pueden, de manera reacia o entusiasta, apoyar esfuerzos para el cambio, el profeminismo entre ellos aún no ha logrado formas organizacionales masivas en la mayor parte de los casos.

trabajo

Esto nos lleva a considerar las implicaciones del análisis de este artículo con respecto al problema de la organización profeminista de los hombres. Gracias al creciente impacto del feminismo moderno, durante las últimas décadas ha surgido lo que, a falta de un término mejor, se ha conocido como el movimiento de los hombres. En este movimiento han existido dos corrientes principales. Una es el movimiento mítico_poético de los hombres, el cual, pese a que llegó a ser importante en la última parte de los años ochenta (en particular con el éxito del libro Iron John, de Robert Bly), es en realidad la última expresión de una tendencia surgida antes de la década de los setenta, que hace énfasis en el dolor y en el costo de ser hombre, o una política que tiene más de cien años y que intentó crear espacios masculinos como antídoto contra la supuesta feminización de los hombres. Por otra parte, como Michael Kimmel y yo argumentamos detenidamente en otro documento (Kimmel y Kaufman, op cit.), el marco teórico de este movimiento ignora virtualmente el poder social e individual de los hombres (y su relación con el dolor), ignora lo que hemos llamado la herida madre (de acuerdo con los aportes del psicoanálisis feminista) y, de la forma más cruda, intenta apropiarse de una mezcla de culturas indígenas, al tiempo que distrae a los hombres de las prácticas sociales (y posiblemente las individuales) que desafiarán el patriarcado. Mis agradecimientos a Michael Kimmel por la formulación de las políticas masculinistas, creando un nuevo espacio homosocial. La otra tendencia, menos numerosa, es el movimiento de hombres a favor de la causa feminista (dentro del cual cuento mis propias actividades), que ha enfocado en las expresiones individuales del poder y de los privilegios de los hombres, incluyendo los problemas de la violencia masculina.

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