 
¿DECONSTRUYENDO LA HOMOFOBIA. Una lectura politica del erotismo.(PARTE 1)
Por Guillermo Núñez Noriega
¿Cómo hablar de la homofobia sin reincidir en los lugares comunes del asalto, la pedrada, la cuchillada, el robo, el insulto iriente, la risa comedora de voluntad, los secretillos de la oficina o la escuela, la conmiseración, la mirada de lástima, la actitud medicalizante, el chiste ridiculizante, el tenso silencio, la desconfianza disfrazada, el morbo, la burla, el ostracismo, el chantaje emocional, la marginación legal, la tolerancia prepotente, el sentido de superioridad? No obstante, hay algo que me molesta, que me estorba y que me impide iniciar este ensayo con imágenes de sangre o con fríos datos estadísticos sobre las personas agredidas por su manera de vestirse, o por sus prácticas eróticas. Al mismo tiempo, no puedo escapar de la imágen de violencia, de esa coartada sobre la dignidad humana.
Examino mis sentimientos, la confusión que siento al escribir. Me convenzo de algo: me molesta pensar que la audiencia asumirá ante la homofobia esa actitud de rechazo propia del discurso de la tolerancia, esa decencia, esa “propiedad” que reivindica la conmiseración y la lástima como virtudes humanas y cívicas, o como hoy se dice” “el respeto a la diferencia”. Mi punto se aclara conforme escribo: la actitud que espero hacia la homofobia no es la reivindicación del “respeto a las diferencias” (por más avance político que esto pueda significar en el contexto de un ninguneo social crónico ); deseo reclamar que no hay diferencia que dilucidar que no sea una diferencia creada por efectos de poder en un orden simbólico patriarcal; deseo reclamar amor en vez de tolerancia, unión y semejanza en vez de diferencia.
La homofobia no es el odio a la “homosexualidad” y los “homosexuales”.La homofobia es el temor, la ansiedad, el miedo al homoerotismo, hacia el deseo y el placer erótico con personas del mismo sexo.
La homofobia es la práctica, socialmente regulada y avalada de expresar ese miedo y ansiedad con violencias; una ansiedad que previamente ha sido creada en un proceso de socialización. La homofobia es una práctica institucionalizada que consiste en violentar la vida de los demás, en violentar nuestras capacidades y potencialidades humanas. Tenemos miedo a amar a nuestros semejantes, esa es la raíz profunda y más personal de la homofobia .
Pero, ¿por qué podemos sentir ansiedad o miedo ante una práctica deseante o placentera? ¿Cómo se ha colocado en nuestras vidas la ansiedad, el temor a establecer relaciones de placer y de conocimiento erótico con la mitad de la humanidad? La razón más inmediata es el miedo a la violencia social y autoinflingida (aunque socialmente inducida) que se deriva de amar y desear eróticamente a nuestros semejantes. Nuestro miedo produce violencia, nuestra violencia produce miedo. La violencia es consustancial al orden social en que vivimos y consideramos normal. La llamada normalidad necesita de la violencia para existir y reproducirse. La violencia no es pues “anormal”, ni siquiera el producto de seres desviados, es el resultado del actura en la norma, y en el peor de los casos, es el extremo siempre posible al que nos puede llevar la socialización en la norma.
La historia personal de nuestro miedo es parte de la historia de nuestro deseo, y ésta no puede entenderse sino en el contexto social, de significación, que la condiciona. Como cultura hemos heredado una serie de discursos sobre el cuerpo, el erotismo, el placer que los construyen, los marcan, los censuran, los disciplinan, les trazan caminos, posibilidades. Los discursos sociales sobre la existencia sexual (íntimamente conectados con discursos económicos y políticos) plantean escenarios posibles para la conformación de nuestra subjetividad.
Pero esos escenarios o campos, no son innocuos, son, por el contrario, camos de poder. Los discursos sociales sobre la existencia sexual despliegan regularidades de poder. Asumir determinada posición de subjetividad en el campo es entrar en relaciones de poder. Luego, para dar cuenta del miedo y del deseo a nivel personal, hay que dar cuenta de una serie de procesos sociohistóricos que organizan una estructura de poder sobre la existencia sexual de las personas (Foucault 1988, Jefferson 1994, Hallway 1989, Henriques et al. 1984 ).
Este es el otro elemento presente en esa dialéctica de miedo y violencia: las relaciones sociales de poder. El miedo a amar y a sentir placer erótico con nuestros semejantes expresa el miedo a perder poder y más aún, de ser objeto de poder, de que otros reivindiquen un poder sobre nosotros. Es miedo, ansiedad, al castigo social. Esto sucede así, porque desde niños sabemos lo que nos espera si nuestro sexo polimorfo y perverso se expande libre y feliz. La censura, el regaño, el castigo, la burla, el ridículo. No es necesario haber pasado por esas situaciones para que el miedo surja; es suficiente con haber visto como el poder actuaba sobre otros.
Tenemos miedo al poder, pero también tenemos deseo de poder. Si cumplimos con la norma social es no sólo por temor, es también porque deseamos recompenzas, premios, halagos, la satisfacción personal que se siente por ser “eso” que se llama en nuestra sociedad “normal”. Es pues el deseo de poder sobre los demás y el miedo al poder de los demás sobre la propia dignidad y sentido de valía al que uno aspira, el que, como parte de la acción de la cultura sobre una serie de experiencias personales deseantes, nos lleva a limitar nuestro eros y canalizarlo hacia eso que se llama la “sexualidad normal”. Connell lo expresa así:
Las relaciones de poder de la sociedad se vuelven un principio constitutivo de las dinámicas de la personalidad al ser adoptadas como proyectos personales, sea reconocido así o no. Lo que se produce a nivel social es un proyecto colectivo de opresión” (Connell 1987: 215).
Continúa...
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