 
¿DECONSTRUYENDO LA HOMOFOBIA. Una lectura politica del erotismo. (PARTE 2)
Por Guillermo Núñez Noriega
La organización en la cultura de nuestro potencial erótico, la organización y regulación de nuestra libido en zonas erógenas, impulsos deseantes, durante nuestra infancia y después de ella es, al mismo tiempo, un proceso de organización de nuestra subjetividad, de nuestra estructura de disposiciones de percepción, de pensamiento, de emoción y de acción. Subjetividad que se expresa al mismo tiempo como economía psíquica y como estatus adquirido en un orden social. La subjetividad es en este sentido, consustancial a las relaciones de poder, concomitante a la organización de las distinciones sociales (en término de Pierre Bourdieu: que diferencian y dan estatus distinguidos).
La relacióne entre poder y erotismo es en ambos sentidos. En las relaciones sociales de poder hay una economía psíquica, una economía de deseo: unas subjetividades capaces de simpatizar o menospreciar, de expresar solidaridad o marginar, de privilegiar la unidad y la semejanza o enfatizar las separaciones y las diferencias; de expresar miedos, ansiedades, fobias o simpatías, afectos, ternuras. Asimismo, la organización de nuestro erotismo responde a los efectos y posibilidades de poder social que confrontamos primeramente en la familia y posteriormente en otras instancias sociales como la escuela, la iglesia, la calle, las instituciones del estado .
La inversión emotiva y cognitiva en la represión y organización de nuestro potencial erótico, como parte de la construcción de una subjetividad que nos confiera poder, es de tal magnitud que solemos olvidar que tenemos miedo. De la misma manera en que solemos olvidar esa época de la infancia o de la adolescencia cuando nuestros afectos y placeres se dirigían al mismo sexo sin mayor alboroto. Sólo de vez en cuando un sueño, un lapsus, una broma, una mirada, o una histeria nos traicionan. Mucho queda por explorar sobre las bases erótcas de la angustia cotidiana, del aburrimiento, del enfado, de ese sentimiento profundo de alienación, de malaise, de dis-ease, de desasosiego y vértigo que agobia nuestra cultura y nuestro momento histórico .
La existencia de ansiedad de poder, así como el temor (por más reprimido) de amar, desear y sentir placer con personas del mismo sexo (que en muchos casos lleva al extremo de no poder abrazar al padre o alos hijos), nos remiten a una construcción de la subjetividad masculina que dista mucho de lo que aparentan los modelos hegemónicos. El ideal hegemónico de masculinidad (Connell 1995), cuando se internaliza, produce miedo, ansiedad, porque se basa en la represión constante de una dimensión irrenunciable de la vida, el eros polimorfo y perverso. Ansiedad que se ve auentada en la dinámica social porque avisa de la posibilidad de ser objeto de poder al no cumplir con la norma. La ansiedad se incrementa en espiral . Con ésta, muchas otras ansiedades se organizan (ya Lacan [1977] e Irigaray [1991] han dado cuenta de este proceso).
Las subjetividades que se construyen de acuerdo al ideal social de masculinidad, y me concentro en ellas porque son las que más cometen crímenes y violencias misóginas y homofóbicas (McBride 1995, Newburn and Stanko 1994), son siempre precarias, contradictorias y permeadas por la ansiedad. Su existencia requiere de una constante reactivación y actuación. Digo actuación a propósito. La identidad de género masculina, como la femenina, tienen un carácter performativo, necesitan actualizarse en la vida diaria y todos los días para poder existir; sobretodo necesitan actualizarse en las situaciones que ponen en riesgo, en peligro, su supuesta coherencia y unicidad (Butler 1993), situaciones que amenazan con reanimar nuestros deseos y afectos que creíamos muertos, pero que existían activos en nuesto inconciente.
La homofobia es una actualización de la identidad masculina considerada normal. Es la actualización de una identidad de género (sobre todo masculina, del ideal hegemónico de masculinidad) que siente amenazadas sus fronteras identitarias . La situación se siente como amenaza precisamente porque se tiene miedo a los efectos sociales de poder que trae consigo asumir otra posición subjetiva en el campo sexual, posición de misnusvalía que socialmente se identifica con lo femenino, la carencia, la “castración”.
¿Cuál es la respuesta ante la ansiedad? La represión, la separación y la proyección nos dicen los psicoanalistas.
El chiste, la risa, la acusación, el golpe, el menosprecio, la burla, el despido, el silencio, la arrogancia, o la simple etiquetación corresponden a diferentes maenras de suprimir y/o proyectar ansiedades que tiene la psique. Procesos de condensación y desplazamiento que dan cuenta de procesos de significación cargados de metáforas y metonimias. Llamar a alguien “joto” o “marimacha”, “homosexual” o “lesbiana”, o “heterosexual”, es metonimizarlo. Es tomar la parte por el todo. Es crear una otredad y marcar las fronteras de la subjetividad (con su dimensión corporal). Es querer suprimir lo que es fluido mediante su proyección en un otro/chivo expiatorio que al volverse depósito simbólico de “lo irracional”, “lo femenino”, “lo carente”, actúa como espejo que confiere al agresor la ilusión espuria de toralidad, completud. Hay metonimias que tienden a conferir poder, otras que tienden a situar a las personas en posiciones de opresión .
La práctica cotidiana de crear diferencias: “ellos”, los “homosexuales”, “jotos”, “bisexuales”, “putos”, “puñales”, “leandros”, “maricas”, “marimachas”, “machorras”, “lesbianas”, “tortilleras”, etc., y “nosotros” los “heterosexuales”, hombres y mujeres “normales” es una práctica homofóbica que se inserta en esta ansiedad para acutalizar las fronteras de la subjetividad confiriéndole la ilusión de unidad, completud según un ideal social de masculinidad. Las formas más visibles de violencia y más corporales no escapan a esta lógica. Golpear al otro previamente construído en la sociedad como vulnerable e indeseable es la resultante de una proyección de la amenaza interna, en el otro: el “extranjero”, el “raro”. El golpe pretende suprimirlo, pretende siprimirse antes de ceder y visualizarse vulnerable, incoherente, dependiente, deseante. El otro me recuerda la artificialidad de mi construcción. El otro con un cuerpo parecido al mío, me plantea la posibilidad no sólo de un isomorfismo corporal, sino deseante. El asesinato homofóbico es la objetivación de un terror interno .
Habla Iván: la primera vez [que sufrí una agresión física] una persona me golpeó porque no quise estar con él; porque lo rechacé sexualmente. Después lo ví con su novia y, al verme, dijo: “cómo me caen gordo los putos” y me golpeó.
Cuando es un familiar o una persona querida la que es objeto de violencia, procesos similares, aunque más complejos tienen lugar. No sólo es el “yo individual” el que se ve confrontado al nivel del deseo y al nivel de otras dimensiones cruciales de la subjetividad masculina y femenina: el sentido del honor personal, el sentido de dignidad o “decencia”; es también el “yo colectivo”: la pareja, la relación de amistad, la familia, la comunidad, el club, la nación, la región y la religión. El “yo” se alimenta de podere en su afiliación con esas colectividades, a veces “imaginarias”, como las llama Benedict Anderson. El sentimiento de deshonra, de vergüenza, de daño inflingido por la revelación homoerótica de un miembro de la colectividad se deriva de ese sentimiento de amenaza al “yo colectivo”, de quien derivamos nuestro poder y en relación al cual organizamos nuestra subjetividad. Esto es así porque los “yo colectivos”, a los cuales se afilia el “yo individual” para construirse, tienen un tremendo sustrato de género .
Habla Alejandro: nos habíamos mirado como diciéndonos algo, que había interés. Se metió al valdío a orinar y me miró. Yo me metí también y le saqué plática. Le dije que era casado. El me habló de las viejas, de que venía caliente, lo que dicen los hombres cuando orinan como para establecer distancia, tú sabes. Pero al rato yo me acerqué más, él como que quería y no. Le digo “¿entonces qué ondas?” mientras le toco levemente la pierna. “No nada”. Le pregunto “¿no te gusta cotorrearla con batos?”, y me dice “no, pues solamente si hay feria”. “No pues no”, le digo. “Yo lo hago por placer”. El bato como que se sacó de onda y me dijo “así que eres puto”; yo me molesté y sin calcular las consecuencias le digo: “el prostituto eres tú porque cobras”. El bato se encabronó y se abrió, empezó con una habladera de que él no era prostituto, de que yo era el puto, de que por eso pasaban las cosas que pasaban, que el SIDA, que el mundo, que el país estaba como estaba por gente como yo… Me tiró chigazos, me defendí y como yo estoy más grande me tuvo miedo y empezó a gritarle a la policía.
Habla Mirna: Anoche que llegué a mi casa me estaba esperando mi papá. Estaba enojado y me dijo un montón de cosas, hasta que me gritó: ¡Ya me tienen harto tú y… tus cosas! Estaba enojado, le vi angustia en la mirada, en el rostro. No contesté nada, me metí a mi cuarto y me puse a repasar la última frase: veía la cara de mi papá al momento de decirla, había angustia, como … desasosiego…, pero también coraje, como diciéndome “ya sé que te gustan las mujeres, ya sé que ondas contigo, mira cómo me tienes”, pero sin atreverse a decirlo. En otra ocasión mientras mirábamos el show de “Cristina”, mi mamá dijo en tono melodramático, como sospechando y en plan de advertencia: “si a mí un hijo me sale homosexual, me mataría de tristeza y vergüenza”.
He querido enfatizar la dimensión intersubjetiva de la homofobia porque creo que las violencias homofóbicas cotidianas necesitan de esta personalización para entenderse cabalmente; pues en última instancia, la homofobia institucionalizada, estructural, se reproduce en prácticas efectuadas por personas de carne y hueso.
Continúa...
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